Recopilación de cuentos, ensayos, poesías y otros textos

UTILIDAD PRÁCTICA DE LOS TALLERES LITERARIOS ( *)

Por Enrique Jaramillo Levi

Un taller literario es un espacio en el que, al reunirse personas que escriben, estos buscan conocer la opinión y las propuestas de sus colegas de oficio en torno a textos escritos anteriormente, o bien sobre la marcha, como parte del proceso creativo. También es, sin duda, un núcleo de naturaleza intelectual, en la medida en que propicia la confrontación e intercambio de criterios sobre asuntos conceptuales y formales relativos a la escritura y la creatividad. Así, la confrontación de textos redactados en clase o a manera de “tareas” bajo la guía de un coordinador de taller (que necesariamente debe ser un buen escritor, y que además tenga capacidad didáctica), ya sea de cuento,  novela,  poesía, ensayo u obra teatral, es una manera práctica de someter a discusión, de acuerdo a ciertos criterios, lo escrito por dichos talleristas.

Sin duda, hay muchas formas de conducir un taller literario. Todo depende de la índole del mismo, de la experiencia del profesor-escritor que esté al frente y del sentido de respeto y tolerancia de los participantes. Mi manera particular de concebirlo, y de conducirlo, es el resultado de muchos años de experiencia en estas lides en mi doble papel de escritor y conductor de talleres. Por tanto -insisto-, estas son sólo apreciaciones personales relativas a una determinada manera de enfocar el asunto, y ni pretendo exclusividad absoluta ni niego otras formas, acaso menos completas y rigurosas, de concebir y conducir talleres literarios.

Por lo general, el autor de cada texto lo lee en voz alta, pero es preferible que todo el material a discutirse en determinada sesión se conozca previamente (haberse repartido en la sesión anterior -o enviado por Internet-, así como leído y anotado en casa), a fin de que la discusión sea, literalmente, con conocimiento de causa y, por tanto, a fondo. No se vale improvisar reacciones epidérmicas. Claro que también podría decidirse no leer en voz alta el texto, bajo la premisa de que ya todos lo conocen; sin embargo, “refrescar memoria” con la lectura, en la voz del propio autor u autora, generalmente resulta útil y estimulante.

Lo ideal es comentar en cierto orden, hasta agotarlos, diversos aspectos del contenido, pero también de la forma; es decir, tanto asuntos como el tema, la trama, los personajes, las situaciones, la atmósfera, y el manejo del inicio, desarrollo, clímax o conflicto (nudo) y desenlace de la historia, como también cuestiones tales como el punto de vista narrativo, el tono, el manejo de los tiempos verbales, las personas gramaticales y los narradores, e incluso cuestiones de redacción y ortografía, rimas innecesarias y molestas repeticiones de palabras y conceptos. Todo siempre bajo la guía del profesor-escritor, quien debe conducir la sesión, encaminar la discusión, dar y quitar ecuánime y mesuradamente la palabra, y evitar a toda costa pronunciamientos hirientes u ofensivos de parte de los miembros del taller y de él mismo. Esto no significa, desde luego, que no se propugne y se procure, a toda costa, el mayor rigor y honestidad posibles en los juicios que se expongan.

En un taller de cuento, por ejemplo, lo ideal es que si éste es para principiantes, el profesor-escritor exponga determinados aspectos teóricos sobre lo que es este género literario, asigne lecturas y más adelante solicite la redacción progresiva de diversos ejercicios en clase (breves narraciones, descripciones, diálogos), o a manera de tareas que se hagan en casa. Avanzar poco a poco, ejercitando ciertos aspectos básicos de la composición de un cuento, es una forma de ir calentando motores. Obviamente, también es posible empezar de manera más directa o expedita con la escritura de pequeños cuentos, o de fragmentos que eventualmente puedan llegar a forma parte de estos. En talleres más avanzados, en cambio, cuando los participantes ya tienen cierta práctica en la escritura de cuentos, se puede obviar la mayor parte de los pasos anteriores y entrar directamente en materia.

La crítica debe ser sincera y constructiva, buscando ponderar los aspectos positivos del trabajo de los demás, pero también debe hacerse notar las fallas o defectos que, a juicio de los otros talleristas y de quien conduce el taller, tenga el material presentado. Lo ideal es que primero vayan exponiendo sus juicios de valor los participantes, y que sólo al final hable el profesor-escritor. Esto, con el propósito de no sesgar, influir o cohibir de forma alguna la espontaneidad de la discusión previa.

Al final, es importante darle la oportunidad al autor del texto discutido para que comente sus impresiones sobre lo expresado por sus compañeros y por el profesor-escritor, y asimismo para que explique sus propias premisas o intenciones. Si bien, por supuesto, quien escribe terminará haciendo con su texto lo que le parezca más a tono con sus convicciones e intenciones literarias, es recomendable que tome en cuenta algunos de los juicios de los demás, sobre todo en la medida en que haya habido coincidencias en cuanto a virtudes o defectos, a fin de perfeccionar su escritura.

Panamá,10 de noviembre de 2017.

*Artículo publicado  en el periódico “La Estrella de Panamá”, del 20 de noviembre de 2017, se reproduce  con autorización del autor. 

 

  • Enrique Jaramillo Levi – Colón, Panamá, 1944. Cuentista, poeta, ensayista, profesor universitario, promotor cultural, editor. Fundador y director de la revista  cultural “Maga” y del Diplomado en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá, en 2005 gana el Premio Nacional “Ricardo Miró” por los cuentos de En un instante y otras eternidades (2006); y en 2009 los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango, Guatemala, por los cuentos de Escrito está (2010). Libros más recientes: Sinestesia. 100 Minicuentos (Uruk Editores, San José, Costa Rica, 2016); Palabra de escritor (ensayos, Panamá, 2016). El ensayo Huellas de identidad del alma de un escritor ,  forma parte del libro de ensayos que publicará próximamente junto con Salvador Medina Barahona: “Complicidades“.

 

CUENTO 

Amelia 

El cuento Amelia forma parte de la antologia ¡Basta ! 100 Mujeres contra la violencia de género . Panamá.

Por Mónica Durán

Con la camisa bajo el chorro de agua, Amelia observa disgustada la mancha grasienta. Tras horas de remojador y tallones, sigue igual. Las camisas albas son su orgullo, el trofeo que luce su marido. Al conocer a Antonio, vio el mejor hombre: serio, discreto, decente, con el solo vicio del trabajo. La felicidad no es precisamente lo que había imaginado, pero la vida es así.

El timbre apremiante del teléfono la hace correr (es Antonio)

— Aló. ¿Qué haces?

Ella rinde el informe – sin darse cuenta – cada hora.

Después de colgar, mira inquieta el reloj y siente una breve punzada de ansiedad en su estómago.

Pone la camisa en remojo, se alisa el cabello y tomando llaves y monedero sale de prisa a gastar los $ 10 diarios. Llega con tiempo justo para cocinar el arroz, lentejas y una enorme chuleta.

Vuelta a sonar el timbre. Continuación del informe. Mirada ansiosa al reloj. Trapea con habilidad y esmero cada rincón del piso, sacude las mesas y pone flores del jardín en el florero azul.

Antonio entra murmurando algo; camina pesadamente hacia el baño dejando tras de sí un reguero de lodo apestoso que sale de los intersticios de sus botas. Regresa y se sienta satisfecho a la mesa donde le espera la comida humeante.

Amelia quisiera contarle tantas cosas …pero sus ganas se estrellan contra el gesto adusto. Sentada frente a él mantiene la mirada fija en la mesa.

— Por cierto, Amelia …

Los ojos de ella refulgen emocionados.

— Ten más cuidado al planchar las camisas. Al cuello de esta se le miran tres arruguitas.

 

  • Mónica Durán – Nacida en México , residente en Centro América desde hace  tres décadas .  Lectora desde siempre ha transitado por la música, publicidad y marketing así como el comercio internacional. Asistió a los  talleres de cuento avanzado dictados por el escritor Enrique Jaramillo Levi . Publicó  en la revista cultural Maga y en el libro ¡Basta!  100 Mujeres contra la violencia de género. Panamá . 

 

POESÍA

Negra de ojos verdes 

¿Sabes cómo se siente

El poema Negra de ojos verdes forma parte de la antología ¡ Basta ! 100 Mujeres contra la violencia de género. Panamá.

¿Ser una negra de ojos verdes?

Si me atrapas por la espalda

y me pones frente a un espejo,

verás en mis ojos los cañaverales ardiendo

y entre las vetas del iris

miles de esclavas que huyen desangradas

mientras les nace la rabia,

hija bastarda del miedo.

Por eso en mi tierra

de azúcar y sangre,

la tierra no es mía

y los ojos verdes

son verde caña.

 

  • Lilian Guevara – Escritora panameña nacida en  1974.Realizó estudios de Filosofía en la Universidad de Panamá.Es investigadora social y  ha coordinado proyectos de democracia y diálogo político, movimientos sociales, género, juventud, integración regional, desarrollo sustentable, comunicación alternativa y fomento cultural. Ha producido teatro y editado libros de ciencias sociales . Autora de Mundos probables (El Hacedor, Panamá, 2016). El poema Negra de ojos verdes forma parte del libro colectivo ¡Basta ! 100 mujeres contra la violencia de género . Panamá. 

 

CUENTO 

El cuento El muro forma parte del libro de cuentos Vidas ajenas ( Editorial UTP , 2017 )

 El muro 

Por María Laura De Piano 

La primera vez que lo vio fue una semana antes de Navidad. Se mudó a ese apartamento   después de la invasión y nunca se percató de que en el edificio vecino y  en su  mismo piso, exactamente frente a él, hubiera una ventana. Estaba seguro de que allí había un muro gris, alto y descascarado, con algunas grietas largas e inofensivas. Pero como Javier siempre se caracterizó por su poca memoria y sus grandes distracciones, el descubrimiento no lo sorprendió y se quedó observando al viejo encorvado que a algunos metros de distancia, permanecía inmóvil con la mirada perdida en algún punto de la calle. Detrás distinguió una pequeña sala pintada de verde claro con una poltrona gastada, una  mesita con un  mantel de hule y  un reloj barato de pared que marcaba las seis y media.

A la mañana siguiente, lo primero que hizo fue acercarse a su ventana. No había dormido bien y se le ocurrió que tal vez la existencia del nuevo vecino hubiera sido un sueño. Pero con alivio comprobó que era real; allí estaba el anciano de enfrente enfundado en un raído pijama celeste, en la pequeña mesa con una taza de té entre las  manos. En el transcurso de ese día, Javier se percató de otros detalles: de que el hombre se pasaba la mayor parte del tiempo en la poltrona dormitando, que tomaba medicamentos, que tenía un gato amarillo tan viejo y achacoso como su dueño, que el reloj no funcionaba y que la pared de donde colgaba inútil, estaba cubierta en parte por una mancha de humedad oscura y caprichosa. Al hombre parecía no importarle en lo más mínimo ser observado. Esa misma tarde lo vio sacar un pequeño arbolito de una caja que trajo de la habitación contigua. Se dio cuenta de que colocó ese adorno festivo solo por costumbre, porque tras apoyarlo sobre un mueble alto detrás de la mesa, no volvió a dirigirle la mirada.

Javier se convirtió en testigo mudo de la intimidad del vecino y a medida que pasaban los días hizo otros descubrimientos. Como que caminaba con esfuerzo, salía una vez por semana para comprar comida, no recibía visitas y que en las noches se tumbaba en la poltrona frente a la TV a mirar el Show de las Estrellas. Desde su propia ventana podía reconocer la figura del locutor y de las bailarinas.

Nada ocurría en la vida de ese anciano decrépito y amargado. Cada día exactamente igual al siguiente. La misma soledad, la misma monotonía, las mismas horas vacías. Solo el día en que murió el gato lo vio llorar sentado en la pequeña mesa. Con ambas manos se secaba las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Después colocó el cuerpo inerte del animal en una bolsa de plástico y la botó en el latón de basura de la esquina. Esa noche el viejo, no prendió la televisión y desapareció en la habitación contigua. Para aparecer dos días después más achacoso, cansado y triste que de costumbre a   seguir con su amarga rutina.

Un domingo que podía ser cualquiera, invierno o verano, lo visitó una mujer de mediana edad, que dio un paso atrás cuando el anciano se acercó para abrazarla. Ella, a desgano sacó comida de una bolsa de supermercado. Comieron sin hablar, ni siquiera cruzaron miradas. Después discutieron. Ella gritaba, gesticulaba. A la distancia alcanzó a escuchar algunas palabras. Papá. Dinero. Nunca más. Él en silencio solo la observaba. Después la mujer se fue tan indiferente como había llegado, el viejo desde arriba con la mirada llena de dolor la vio montarse en un carro y desaparecer  en la esquina.

Ese domingo, el  de la visita,  a Javier se le hizo interminable como si fuera a ser eterno. Por fin llego la noche. Prendió la televisión, desapareció en habitación contigua y  regresó a la sala con su raído pijama celeste. Caminando con mucho esfuerzo se dirigió a la ventana y se quedó observando incrédulo al edificio de al lado. Un muro alto y gris, surcado por largas grietas. Estaba seguro de que allí había una ventana igual a la suya. Permaneció parado unos minutos y luego encogiéndose de hombros cerró las cortinas. El Show de las Estrellas acaba de empezar. En la penumbra se recostó en la poltrona. Detrás, la pared pintada de verde claro, la mancha de humedad oscura y caprichosa, y el reloj redondo e inútil marcando las seis y media.

 

 

CUENTO 

La mueca y la risa

Por Héctor Aquiles González

El cuento La mueca y la risa , forma parte del libro de cuentos : El sabor del barrio y la calle ( Foro / Taller Sagitario,2017 )

Con gran maestría un malabarista ejecuta su número. Desde encima de un monociclo arroja los tres bolos por encima de su cabeza y se los va pasando de una mano a otra con gran habilidad y una gran risa. Todo el día bajo el sol y la lluvia ha estado en eso recibiendo: escupitajos, insultos, robos y perversas insinuaciones y él como si nada disfrutando de la farándula cirquera.

El semáforo cambia a verde y un bolo queda tirado en medio de la calle. Va a buscarlo. Suena un potente y ensordecedor claxon. La risa se le convierte en mueca al quedarse estático, sin la habilidad para esquivar las diez ruedas del camión que le pasan por encima.

 

 

  • Héctor Aquiles González – Nació en la ciudad de Panamá el 20 de julio de 1963. Licenciado en Administración de Empresas Turísticas yHoteleras por la Universidad Interamericana de Panamá y Educador en Docencia Media Diversificada por la Universidad de Panamá.    Es egresado del Diplomado en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá ( 2011 ) y del Diplomado de la Universidad Latina. Ha cursado talleres de cuento avanzado con el profesor Enrique Jaramillo Levi. Obras publicadas : El espejo burlón y otros relatos (Panamá, 2012), La última carcajada y otras minificciones (Foro/taller Sagitario Ediciones, Panamá, 2013), El Sheriff de Panamá (Panamá, 2014) , El sabor del barrio y la calle ( Foro / Taller Sagitario Ediciones , Panamá, 2017 ).  

 

 

CUENTO 

Peces 

Por  Carolina Fonseca

El cuento Peces forma parte del libro de cuentos Impulsos indomables a plena luz del día ( Uruk Editores,2016 )

Tengo cantidad de peces nadando en la barriga. Anaranjados como las naranjas, como el queso cheddar que le gusta a mi madre, como el color de aquella pintura de labios que atesoraba de pequeña. Pero con más brillo. Acaban de entrar; me los tragué con un vaso de agua fresca, sin hielo para no herirlos. Creo que son peces de río, de agua dulce. Por eso me van a alegrar por dentro sin morirse. Que si fueran de mar resentirían sentirse confinados y la falta de sal los podría debilitar; puñados de peces diminutos flotando sin vida en la superficie líquida de mi estómago me enfermarían de tristeza y de soledad. Los siento vivos en cambio; brincan como chispas y yo, siguiendo el impulso de sus piruetas, corro escaleras abajo, tomo mi bolso y salgo a la calle en esta mañana clara luego de meses de encierro. Llevo conmigo una botella plástica de agua pura que voy sorbiendo de a poquitos para mantenerlos a cierta profundidad.

Preñada del mundo líquido que hace olas dentro de mí, camino sin esfuerzo las calles hasta entrar al terminal del Metro e inicio el largo descenso a la red de trenes vertiginosos que teje la ciudad.

Una vez en el vagón oscuro y subterráneo cuyo silencio trepida de estación en estación, sentada con la mirada fija en el rostro de un hombre que parece dormido, noto que se aquietan los pobrecitos, temerosos de los ecos mecánicos y de una velocidad que les recuerda la aterradora posibilidad ancestral de haber sido tragados por el mítico bagre gigante, un animal voraz y repulsivo del que sus madres y las madres de sus madres murmuraban en el remanso de las noches. Yo cubro mi abdomen con la calidez del bolso para que se sientan seguros mientras navegamos el delta que dibuja los rieles.

Cierro mis ojos para abrirlos rato después contagiada por el temor de montones de peces inmóviles. Miro a través de los vidrios las paredes húmedas de los túneles que nos tragan para escupirnos luego y volvernos a tragar; paredes que se han ido cubriendo de un musgo gris adherido a raíces gruesas que dejan pasar sombras de luz trémula; los ruidos metálicos apagados por el peso de una atmósfera densa y acuosa que todo lo amortigua. Entonces pego mi cara para ver mejor y me pregunto en qué minuto de los muchos que llevamos viajando nos sumergimos en este río de aguas turbias y quietas en cuyo lecho pantanoso han desaparecido los rieles que nos conducían a la estación siguiente en la que me disponía a bajar para subir a la superficie de aquella mañana que recuerdo soleada y alegre.

Afuera, los troncos hundidos de árboles leñosos y las algas ondulantes acrecientan la penumbra. Busco el rostro del hombre que duerme y veo con asombro cómo de sus labios apenas entreabiertos sale un borboteo de ronquidos tenues. Me hubiera gustado preguntarle si ha hecho antes este viaje, pero no me atrevo a despertarlo. Solo él, yo y mis peces temblorosos, engullidos en un vagón de sombras que, manso, nada siguiendo las corrientes.

Procuro no pensar en el terror desconocido de la boca chata y desdentada del viejo bagre para no asustarlos más y me distraigo en mi botella de plástico que se ha desprendido de mis manos en las aguas cálidas que han ido permeando y flota graciosamente su largo cuello emulando un hipocampo.

No sé si fue el murmullo de olas lejanas o el remecer de aquel nado, solo sé que no pude evitar que mi boca se abriera en un bostezo lento al tiempo que salía un torrente de peces que se perdió en la umbrosa caverna. Me quedé vacía, en medio del remolino de burbujas que dejaron atrás como único vestigio de su paso por mí.

 

  • Carolina Fonseca – Abogada de profesión, reside en Panamá desde el 2011, donde se dedica a leer, escribir y editar libros.En 2013 funda con el escritor panameño Enrique Jaramillo Levi, Foro/taller Sagitario Ediciones, que lleva 27 libros publicados a la fecha.

Ganó la tercera versión del “Premio Diplomado en Creación Literaria” con el libro de cuentos A veces sucede, publicado por la Universidad Tecnológica de Panamá en 2015 con prólogo de la escritora Consuelo Tomás Fitzgerald.En 2016 Uruk Editores, de Costar Rica, publica su libro de cuentos Impulsos indomables a plena luz del día.Otros libros: Dos voces 30 cuentos, junto con Dimitrios Gianareas y Cuentos compactos, minicuentos (30 de cada uno), con Enrique Jaramillo Levi.

Como antóloga de cuento panameño trabajó en dos de las antologías binacionales publicadas por Foro/taller Sagitario Ediciones, Escenarios y provocaciones. Mujeres cuentistas de Panamá y México, 2014, junto con la escritora mexicana Mónica Lavín (obra que fue replicada al año siguiente por la Universidad Nacional Autónoma de México y presentada en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México, en 2016); y Resonancias. Cuentos breves de Panamá y Venezuela, con el crítico y cuentista venezolano residente en Panamá, Joel Bracho Ghersi.

Forma parte del Comité Editorial que tuvo a su cargo la compilación, edición y publicación del libro ¡Basta! 100 Mujeres contra la violencia de género. Panamá, que acaba de presentarse en la XIII Feria Internacional del Libro de Panamá, 2017.

 

REFLEXIONES EN TORNO A LA GRADUACION DEL DIPLOMADO EN CREACION LITERARIA No 15  – Por Enrique Jaramillo Levi

I

A lo que hoy en día hay que sumarle: 4 certámenes literarios (de los cuales el Premio Centroamericano de Literatura “Rogelio Sinán” y el Premio Nacional de Cuento “José María Sánchez” los fundé en 1996 y por tanto llevan ya 21 años consecutivos de vida productiva); la publicación bi-anual de la revista “Maga”, cuya publicación consideré prudente confiar por entero a la UTP a partir de 2008; las no pocas obras literarias que desde hace años da a conocer la Editorial Tecnológica en ediciones estéticamente atinadas; las presentaciones de cada publicación en actos culturales bien difundidos y atendidos por el público; la creación de un sitio en la red denominado “Directorio de Escritores Vivos de Panamá”, en el que tanto investigadores serios como simples curiosos encuentran datos de más de 250 autores nacionales; y por supuesto, el Diplomado en Creación Literaria que ahora cumple 15 años de exitosa existencia. “Raras avis” estos logros –entonces y ahora–, en esta universidad heterogéneamente sabia, inmersa en un mundo absolutamente tecnologizado hasta que el concepto de “educación integral” logró entronizarse a finales del siglo pasado, y por suerte no se ha ido más. ¡Las diversas autoridades universitarias, como los dioses, han sabido, literalmente, estar a la altura!

Me tocó en suerte predicar la buena nueva de las Humanidades y, sobre todo, de la Letras, en oídos dúctiles de aquella época y de la actual, y los resultados, si no del todo maravillosos, hoy están satisfactoriamente a la vista. Ver para creer, dijo en su momento Santo Tomás (no el de Aquino, sino el otro, el apóstol desconfiado).

II

Haber arribado a la décimo-quinta versión de un Diplomado en Creación Literaria que se ofrece anualmente en una universidad diseñada para formar ingenieros y técnicos es sin duda un acontecimiento singular, y más si tomamos en cuenta que algunos de los egresados de este Diplomado han ido ganando varios de los principales premios literarios de Panamá y/o publicado una apreciable cantidad de libros de respetable calidad.

Esto no significa, por supuesto, que mediante los cursos que integran el Diplomado se fabrican escritores al vapor, ni mucho menos. Lo que en realidad quiere decir es que quienes nacen con un genuino talento literario suelen perfeccionar aquí sus capacidades innatas, tanto en los aspectos conceptuales de la escritura y la lectura creativas como en las de índole formal, aparte de la acendrada disciplina que exige el leer una variedad de obras asignadas por los profesores de 9 asignaturas durante 10 semanas, y producir muy diversos textos en los diferentes géneros literarios, todo lo cual se discute a fondo cinco noches a la semana.

El resultado, al concluir el Diplomado como ocurre esta noche, depende en buena medida de cada persona. Porque después hay que seguirse entrenando, depurando, como en cualquier oficio que se respete. Afinando la creatividad mediante nuevas lecturas y a través de la escritura de nuevos textos, ya sea por cuenta propia o en talleres literarios, se mantiene la disciplina. En cambio, echarse a dormir en los supuestos laureles de los conocimientos adquiridos sólo habrá de producir más sueño.

Este año egresan del Diplomado en Creación Literaria de la UTP 12 personas de muy diversos orígenes, profesiones y edades. En este caso particular, 9 mujeres y 3 hombres. Una de ellos, escogida por sus compañeros, nos hablará brevemente esta noche de lo que ha significado este Diplomado para el grupo; me refiero a Stefanie Nieto.

Pero independientemente de las experiencias individuales y de grupo adquiridas en las 45 clases (144 horas) compartidas, puedo asegurar, como creador y coordinador que soy de este Diplomado, que hoy se puede llegar a una verdad insoslayable: al entender mejor lo que es la Literatura, al poder articular con mayor fluidez y conocimiento las herramientas de la escritura creativa, y al haber leído y discutido algunas obras nacionales y universales de al menos cierta trascendencia, sin duda cada uno es ahora una mejor persona: más sensible, más completa. Porque esa es una de las cosas bellas que hace la literatura: nos permite aprender a conocer mejor la naturaleza humana, con sus luces y sus sombras, las nuestras y las de los demás.

La actitud de un autor frente a su obra, el grado de involucramiento emocional e intelectual al irla generando, queda ineludiblemente plasmada en la progresión del acto creativo porque quien escribe va despojándose de una parte importante de su ser en una suerte de trasvase gradual y sutil que, quiérase que no, lo va drenando de energía. Y al hacerlo, esa escritura va tomando una cierta forma, moldeándose poco a poco a imagen y semejanza de la voluntad –racional y a menudo también irracional– de quien la crea. Así, el texto muchas veces termina siendo, en más de un sentido, el alter ego espiritual de su creador; una semblanza de su potencial artístico, por más que exista en sus entretelas constitutivas una diversidad de elementos literarios aparentemente ajenos a él. Esto, claro está, en términos generales.

Sin embargo, también ocurre que cuando el escritor logra distanciarse de manera significativa del texto poniéndolo casi por completo en manos de personajes, situaciones y atmósferas que no necesariamente son réplicas suyas, y que incluso pueden ser del todo opuestos a sus propias convicciones, manera de ser o experiencia, este fenómeno de la homologación de la personalidad del autor con la naturaleza de su obra se disminuye notablemente. Pero, pregunto: ¿y todo el esfuerzo imaginativo que se puso en la creación de un texto tan alejado de la intimidad o ideario del autor, acaso no encierra también precisamente en el logro de su eficaz escritura el más grande mérito artístico de su creador? Por supuesto. Tal logro representa, a mi juicio, un singular valor agregado, y puede considerarse también como un importante rasgo de estilo. Acaso el más destacado de todos.

Si escribir obras literarias es crear mundos alternos o paralelos al que nos alberga; espacios y tiempos que se rigen por sus propias normas y que por tanto son autosuficientes, resulta entonces que hallar la manera más adecuada de irlo haciendo, la mejor forma de plasmación, implica la puesta en práctica de un sinnúmero de conocimientos, habilidades y técnicas cuyo dominio sólo lo proveen el talento y la experiencia, y que va más allá de una simple maestría del oficio: hay toda una filosofía en ello, y por tanto una muy particular visión del mundo y del arte, los cuales particularizan cada texto y contribuyen, junto con la excelencia de los contenidos, a hacerlo estética y humanamente memorable y, a veces, trascendente.

Y si posteriormente esas obras son estudiadas con detenimiento por los especialistas, su análisis aportará no sólo importantes características humanas y literarias implícitas en cada una, sino también relevantes afinidades con la personalidad o idiosincrasia de los autores.

Quiero pensar que el haber cursado la décimo-quinta versión del Diplomado en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá habrá de permitirles a los 12 escritores en potencia que hoy se gradúan, llegar -más temprano que tarde- a similares conclusiones a las que aquí he expuesto. O a otras –¿por qué no?–, más personales, y por tanto tal vez más prácticas. Y es que vivir, sin dejar de leer y escribir lo más posible, lo sintetizan todo. En cualquier caso, les deseo todo lo mejor, tanto en sus vidas, como en su futuro cultivo de las Letras.

III

Por último, a Nicolle Alzamora Candanedo, joven ganadora de la sexta versión del Premio “Diplomado en Creación Literaria”, egresada de la versión 2014 del Diplomado, mis más efusivas felicitaciones. Su libro galardonado, Desandanzas, que me cabe el honor de haber prologado antes de su próxima publicación por la Editorial Tecnológica, dará razón a la decisión unánime del jurado que la premió.

Debo mencionar que las cuatro últimas versiones de este certamen las han ganado mujeres, lo cual revela una tendencia a tomar en cuenta con respecto a la ficción breve que se escribe en Panamá en los últimos años; ellas son: Carolina Fonseca, Olga de Obaldía, María Laura de Piano y ahora Nicolle. Enhorabuena a todas (y a todos, claro), y que sigan escribiendo lo mejor posible.

Panamá, 22 de septiembre de 2017

 

CUENTO  

Tobias Gunt      

Hay días oscuros, grises, nublados. Días en que el sol apenas se muestra como un fantasma. En que la lluvia cae ruidosa entorpeciéndolo todo y la gente se guarece como puede mientras lamenta haber salido de casa. Esos días son los favoritos de Tobias Gunt.

Tobias Gunt ama la lluvia. Ama su sonido, su olor, su abundancia. Lo llena de gozo el correr de las aguas. La lluvia lo pone contento, casi siempre a contrapelo de los otros, quienes suelen encontrarla triste.

No hay nada triste en la lluvia, piensa Tobias Gunt, nada terrible en el gris de la tormenta. No deja de maravillarlo que tanta agua quepa en el cielo y se mantenga allá arriba hasta antes de caer.

Sus recuerdos más gratos son de agua: primos en la piscina, saltos entre
charcos, olas que arrastran con fuerza. Pero los mejores son de agua sobre
agua: baños de playa bajo la lluvia, frías gotas que se estrellan en la
superficie salada y salpican hacia todas partes. Y él feliz, viéndolas caer con
ojos entrecerrados. Nada se compara al rumor del aguacero sobre el mar.

Lejos de la costa, aquello ahora es sólo una nostalgia. Pero nunca una tristeza.

Como no lo considera un instrumento necesario, Tobias Gunt suele olvidar el paraguas. Y si tiene la suerte de una lluvia que lo alcance cuando menos la espera, no acelera el paso como todo el mundo, ni se tapa con la precariedad de un maletín o un periódico. Prefiere disfrutar el momento, alargarlo caminando lentamente y subiendo un poco la cara.

La gente lo mira como a un loco. Nadie comprende a ese hombre elegante, vestido de traje, que sonríe cuando el agua le inunda los zapatos.

Joel Bracho Ghersi

 

  • Joel Bracho Ghersi – Caracas, 1984. Escritor e investigador. Ha publicado artículos en revistas especializadas como la Revista de Investigaciones Literarias, la revista Poesía de la Universidad de Carabobo, y la revista cultural Maga de la Universidad Tecnológica de Panamá. Tuvo a su cargo la selección venezolana de la antología binacional Resonancias. Cuentos Breves de Panama y Venezuela  ( Foro / Taller Sagitario, 2016 ).  Cuentos suyos forman parte del libro colectivo De un tiempo a esta parte ( Asamblea de nuevos cuentistas en Panamá ) . El cuento Tobias Gunt forma parte de su  libro de cuentos Tipos raros ( Foro / Taller Sagitario, 2017 ) 

 

 

MICRORRELATO

Fuego amigo 

Por Nicolle Alzamora Candanedo

Carolina recibió un aumento. Después de dos años de llegar a las 7 am, de irse de última y de salvarle el pellejo a su jefe, finalmente había logrado que reconocieran su trabajo, que le dieran su propia oficina y le agregaran $75 cada quincena. Fue a la dirección de recursos humanos a firmar algunos documentos y, cuando salía, escuchó a las secretarias cuchichear ¿Con quién se estará acostando?

 

Nicolle Alzamora Candanedo – Abogada y escritora panameña. Egresada del Diplomado en Creación Literaria de la UTP. Publicó el libro de cuentos  Caminando en círculos (Foro Taller Sagitario, 2016). En el 2017 obtiene el Premio Diplomado en Creación Literaria. Su microrrelato Fuego amigo forma parte del libro ¡Basta! 100 mujeres contra la violencia de género. Panamá

 

MICRORRELATO

Por Berna de Burrell

Somos lo que faltaba   

Sí, sí … toda la poesía y la parafernalia mítica religiosa que quieran, pero una costilla es sólo un hueso más.

 

 

 

  • Berna de Burrell – Profesora universitaria de Lengua y Literatura. Alfaguara editó su novela La envidia es color de Arsénico. Ensayo : Neruda y la mujer ( Panamá , 1993 ) Ha publicado poemas sueltos en los periódicos La Estrella y La Prensa. Su microrrelato Somos lo que faltaba forma parte del libro ¡Basta! 100 mujeres contra la violencia de género. Panamá.

 

 

CUENTO 

 Un huerto en lo alto    

Antología de cuentistas de Panamá y El Salvador

Por Eduardo Jaspe Lescure

Lo que contaron los periódicos fue cierto esta vez. Puedo decirlo con propiedad; vi todo bajo mi ventana en el piso veintitrés. Desde mi apartamento la vista de la ciudad es afortunada porque el centro comercial ocupa toda la manzana de enfrente dejando espacio para que se pierdan los ojos. Los inmuebles circundantes son de los que se hacían años atrás cuando lo habitual no eran estas moles que compiten en porte, innovación y costo. Al lado del centro comercial, de techo rojo y respiradores giratorios, en diagonal izquierda a mi ventana, está el edificio de la noticia. Es el más alto de esa manzana, probablemente de los últimos de la era de construcciones modestas que, junto a la del complejo de tiendas y las de la cuadra siguiente, constituyen el fondo del valle de concreto y acero en que se ha convertido esta punta de tierra, ancha y roma, que entra en el mar.

El edificio, en forma de L, tiene dieciocho plantas. El vértice apunta a mi ventana sobre una de las cuatro esquinas que forman el cruce de calles. El ala más angosta, donde están las recámaras, corre de norte a sur en paralelo a mi punto de visión. En las noches, los destellos de televisores se asoman como si los inquilinos necesitaran la luz azulosa para poder dormir. El ala más amplia donde están las salas y los comedores, paralela al centro comercial en dirección este-oeste, está forrada por ventanales cubiertos por dentro con delgadas cortinas que impiden ver su interior durante el día y solo siluetas durante la noche en todos los pisos excepto en el séptimo donde vive el golden retriever que se la pasa asomado, esperando para avasallar con sus ladridos profundos a cualquier perro que se atreva a cruzar por enfrente y al camión de la basura que se apresura, temeroso, a terminar su trabajo. A la dueña, una señora de rostro apretado y vestidos opacos (¡cómo puede tener semejante animal en un apartamento!), solo la veo cuando salen a pasear cada noche a las siete y treinta en punto, con buen clima, con viento o con lluvia. Y es que al uno vivir en este lado de la ciudad, amontonado entre un ejército de edificios y calles que revientan de vehículos, tarde o temprano empieza a conocer profundamente a las personas del área. Es inevitable no tropezarse con esa señora extraña y con el señor que ama a su chihuahua escandaloso o con los niños que bajan del bus escolar en tropel de energía o con el joven que camina por las aceras en pantalones cortos y chancletas a toda hora del día y de la noche como pagando una manda o con los recién casados que lo hacen todo juntos. Lo más inevitable es descubrir la multiplicidad de acentos foráneos que rebotan entre el cemento y el asfalto.

En el edificio del suceso, el concreto se entretiene entre ventanas y ángulos rectos. El tanque de reserva de agua y el cuarto de máquinas están en la azotea disfrazados dentro de una torrecilla en la parte interna del ángulo que forman las dos alas, un poco cargado hacia el lado de los dormitorios. Esa loza de la azotea, del lado de los salones, es la única del edificio que no termina en ángulo porque la corta una curva estilizada en el extremo oeste, en la esquina hacia el centro comercial, de donde cuelga la escalera de caracol que baja hasta la pequeña terraza del departamento donde vivían los Albert, once pisos arriba del perro dorado.

Cuando Josefa, que es buena con los detalles, me lo hizo notar, ya el sauce que los Albert habían plantado en una olla gigantesca era alto. Lo escoltaban dos palmas ornamentales en cubos amarillo pálido en la esquina contraria a la escalera. El ver al viento mecer las plantas cambió la monotonía de mi acostumbrada vista estática de la ciudad: una pintura que despertaba solo en alguna noche de fuegos artificiales o en los días de tormentas estruendosas como la que traicionó a la señora Albert. Un pequeño gazebo se apostaba en el centro de la azotea. Algunas bancas de madera y hierro forjado servían para sentarse a reposar en la tarde cuando los edificios altos defienden a la loza del sol. Recostadas en el muro de bloques que cerca el perímetro, descansaban macetas con diferentes tipos de plantas. La novedad que despertó la curiosidad innata de Josefa fue la instalación de ocho caballetes de madera con tablones transversales que parecían pares de escalinatas cortas apuntalándose una a la otra, al lado del gazebo, por donde estaban el sauce y las palmas. Dedujimos que la mesa rectangular cerca de la torrecilla era un semillero cuando vimos a los Albert acomodar potes verdes, negros, grises y rojos sobre las tablas de los caballetes. En los verdes sembraron tomates; en los negros, pimentones; en los grises, pequeños arbustos que debían ser algún tipo de habichuelas; y en los rojos, melones. Después colocaron una red que regulaba la cantidad de luz y lluvia desde la torrecilla hasta el muro oeste de la loza, en la esquina contraria a la escalera de caracol. Tuvieron que acomodar las plantas altas en el vértice este al lado de la torrecilla y el semillero. Josefa y yo los veíamos subir y bajar girando alrededor del eje en la escalera con sus pantalones caquis, camisas manga larga de cuadros, gorras y guantes. Las veces que usaban mamelucos azules tenían más apariencia de mecánicos que de jardineros.

Ya el huerto vertical había crecido cuando los conocí personalmente, por casualidad, en la ferretería de la esquina. La señora Albert, de sonrisa estilizada, cuerpo vigoroso, caderas anchas quizás por varios partos, cabello claro con rulos suaves y arrugas en la piel que le empezaba a quedar grande, solicitó mi opinión sobre algunos implementos de jardinería. Como yo no sé nada al respecto señalé un rastrillo cualquiera en el estante para salir del paso. El señor Albert, de buen porte, cabello poblado que probablemente fue rubio en algún tiempo pero que ahora se le perdía en la piel, sonrisa de gringo bobo, mirada verde y el tiempo más asentado que en su esposa, disparó el discurso sobre tipos y clases de rastrillos. Su mujer asentía manteniendo la sonrisa.

Josefa, que es de muy buen ojo, fue quien se dio cuenta de que avanzaba una nueva construcción en el huerto. El quiosco fue trasladado a la esquina del caracol de modo que hacía una suerte de lobby. En el área desprovista de protección solar, donde estuvieron antes las bancas, montaron una estructura con fajas de madera en dos niveles que luego llenaron con tierra. Eran dos terrazas: una para cultivos de poca profundidad y la otra, más pequeña, cerca de la torrecilla, para cultivos de tubérculos y plantas con raíces. Ahí dejaba yo a los Albert todas las mañanas, cuando salía para la oficina, encorvados sobre su piscina negra, haciendo surcos, tirando semillas, abonando y regando. Los cultivos de sombra fueron fecundos y algunas cestas con productos empezaron a bajar haciendo círculos. El lado soleado parecía un cuadro de ajedrez con parcelas bien delimitadas donde cultivaban lechugas, pepinos, cebollas, calabazas, yuca y cuanta cosa pudiera producir la tierra.

No sé cuándo colgaron las hamacas pero me di cuenta de ellas la tarde en que llegué del viaje de negocios y Josefa, que es buena con las noticias, me recibió con la nueva adquisición de los Albert: una terraza más alta, de cemento, ocupando todo el ángulo al este hacia nuestra ventana. Extendieron el muro perimetral en la base de la L, lo continuaron sobre las habitaciones casi hasta la torrecilla, donde acomodaron el sauce, y lo terminaron cerca de las terrazas que ya producían, donde colocaron las palmas. Desde el centro de la nueva construcción admiraba el valle un naranjo adulto apuntalado por cuatro maderos que lo mantenían recto. Sé que era adulto porque llegó increíblemente cubierto de azahares. Tendría unos tres o cuatro metros de altura. Sobre su tronco, derecho y cilíndrico, se asentaba la copa redondeada. Sus ramas empezaban a crecer a la altura justa que les permitió a los Albert, una vez retiraron los maderos de soporte, acomodar una de las bancas donde, desde entonces, se sentaron en las tardes al terminar la faena a descansar mirando el sol ocultarse entre los edificios al oeste que parecían montañas perfiladas tragándose la luz. También me los encontré más de alguna noche clara sentados en la banca jugando con sus miradas. El señor Albert alcanzó a disfrutar solo tres cosechas de naranjas dulces. La señora pasó después las tardes sentada al pie del árbol, sola, tejiendo cestas para los frutos cosechados con la ayuda de un obrero que consiguió en la ferretería.

Era domingo cuando la tarde traicionó a la señora Albert. Dice Josefa, que todo lo observa, que la doña estaba sentada bajo el naranjo y se quiso venir medio cielo abajo. No estaba en casa pero supe que desde tierra adentro las nubes pintaron el cielo de negro mientras que desde el mar, del otro lado del valle de edificios, se deslizó un remolino vaporoso de nubes iracundas. La lluvia fue escasa pero el viento inusualmente fiero. La señora Albert logró refugiarse en el apartamento. Lo primero que cayó fue la red que controlaba el sol y la lluvia, como si la tarde hubiera sabido que ya no la necesitarían más. Las palmas se volcaron en sus cubos, los caballetes derramaron sus frutos sobre las terrazas de cultivos poco profundos. El sauce fue el único que aguantó. Al no tener suficiente tierra para clavar sus garras, el naranjo decidió tirarse en clavado. Las hojas se le desprendieron en el viaje de dieciocho pisos. Las raíces quedaron libres de tierra. Cuando cayó al otro lado de la calle sobre los autos en el estacionamiento del centro comercial, era un tronco con raíces en ambos extremos que llevaba en el medio el ataúd casi intacto con la tapa entreabierta y la mano del señor Albert sobresaliendo como si saludara.

Nadie supo explicar cómo, cuándo y por qué la señora Albert enterró a su marido bajo el naranjo. Dice Josefa, que es de buen investigar, que los señores hicieron un pacto, una de esas noches llenas de estrellas al pie del árbol, alumbrados con antorchas y disfrutando del aroma de las naranjas a punto de cosecha: el que sobreviviera esperaría a la muerte cada tarde bajo el naranjo haciéndole compañía a quien partiera primero. Pero las autoridades de salud tienen reglas que cumplir y no creen que las azoteas sean lugares para pactos de amor y muerte. La señora Albert tuvo que incinerar los restos de su marido, pagar los daños causados por el naranjo y una multa. Eso dijeron los periódicos y les creo porque lo demás que publicaron pasó tal cual. Puedo decirlo con propiedad porque lo vi desde mi ventana en el piso veintitrés.

De la señora Albert no supe más hasta tiempo después cuando me dijo Josefa, que todo lo averigua, que se mudó a una pequeña finca en las afueras de la ciudad, regó a su marido en la tierra y pasa las tardes, después de faenar en su nuevo huerto, sentada en una banca de madera y hierro forjado bajo un naranjo adulto que permanece cubierto de azahares el año entero.

 

  • Eduardo Jaspe Lescure Ciudad de Panamá , 24 de noviembre de 1967. Estudió Ingeniería Industrial  en la UTP  y  obtuvo el grado de Máster en Administración de Empresas en INCAE Business School. En 2014 ganó el Premio Nacional de Cuento “José María Sánchez” de la Universidad Tecnológica de Panamá, con su libro “Arcanos mayores” . En el   2016  obtiene el  primer premio en el Certamen Literario Centroamericano  Rogelio Sinan con su libro de cuentos El origen del ninfa. Publicó  el libro Malos agüeros (Foro / Taller Sagitario Ediciones, Panamá, 2015) y colaboró con cuentos la revista cultural Maga y Panorama de las Américas.  El cuento  Un huerto en lo alto , forma parte de la antología Historia de dos ciudades. Cuentistas de Panamá y El Salvador ( Foro Taller Sagitario , 2017 ).

 

ENSAYO

HUELLAS  DE  IDENTIDAD  DEL  ALMA  DEL  ESCRITOR

                                                              Por Enrique Jaramillo Levi 

Para María Laura De Piano, con afecto

En más de un sentido, el estilo de un escritor representa, más que los temas que aborda en sus obras, un conjunto irrenunciable de señas de identidad que lo singularizan como artista, e incluso como persona. Algo así como las huellas digitales del alma misma del creador. Esta afirmación, hecha por un escritor de larga trayectoria en el oficio, quien además se precia de ser un estudioso de la creación literaria, no pretende ser una simple metáfora; aunque también lo sea, por supuesto. A veces las mejores metáforas son las que, cual caballos de Troya, encierran elementos directamente tomados de la realidad, o muy ligados a ella, que en un segundo momento salen a relucir; encarnan en el entendimiento del lector. Pese a la evidente complejidad del asunto, de sus múltiples componentes, trataré de explicar mi aserto.

Salvo en obras pensadas deliberadamente desde el principio para venderse de la mejor forma posible a editores y lectores predispuestos a cierta clase de condicionamientos temáticos, estilísticos y/o emocionales, no cabe duda de que la manera de organizar un texto, es decir su estructura, es junto con los contenidos mismos de la historia uno de sus componentes esenciales. En parte, dicha estructura, que lógicamente tiene que ver con la estrategia de la composición, sin duda contribuye a establecer un determinado estilo de escribir.

Asimismo, elementos menos obvios como saber escoger al narrador o narradores en una obra de ficción, elegir el tono del relato, controlar los puntos de vista desde los cuales se cuenta la historia y acertar en poder mantener la atención del lector mediante el manejo del suspenso en la acción,  son tan importantes en la determinación del estilo de un autor de cuentos o novelas como la adecuada selección de las palabras, la forma de redactar las frases y la manera de articular los párrafos. O sea todo. Pero aún hay otros factores.

La actitud de un autor frente a su obra, el grado de involucramiento emocional e intelectual al irla generando, quedan ineludiblemente plasmados en la progresión del acto creativo porque quien escribe va despojándose de una parte importante de su ser en una suerte de trasvase gradual y sutil que, quiérase que no, lo va drenando de energía. Y al hacerlo, esa escritura va tomando una cierta forma, moldeándose poco a poco a imagen y semejanza de la voluntad -racional y a menudo también irracional- de quien la crea. Así, el texto muchas veces termina siendo, en más de un sentido, el alter ego espiritual de su creador; una semblanza intelectual de su potencial artístico, por más que exista en sus entretelas constitutivas una diversidad de elementos literarios aparentemente ajenos a él. Esto, en términos generales.

Sin embargo, también ocurre que cuando el escritor logra distanciarse de manera significativa del texto poniéndolo casi por completo en manos de personajes, situaciones y atmósferas que no necesariamente son réplicas suyas, y que incluso pueden ser del todo opuestos a sus propias convicciones, manera de ser o experiencia, este fenómeno de la homologación de la personalidad del autor con la naturaleza de su obra se disminuye notablemente. Pero, ¿y todo el esfuerzo imaginativo que se puso en la creación de un texto tan alejado de la intimidad o ideario del autor, acaso no encierra precisamente en el logro de su eficaz escritura el más grande mérito artístico de su creador? Por supuesto. Tal logro representa, a mi juicio, un singular valor agregado, y puede considerarse también como un importante rasgo de estilo. Acaso el más destacado de todos.

Si escribir obras literarias es crear mundos alternos o paralelos al que nos alberga; espacios y tiempos que se rigen por sus propias normas y que por tanto son autosuficientes, resulta entonces que hallar la manera más adecuada de irlo haciendo, la mejor forma de plasmación, implica la puesta en práctica de un sinnúmero de conocimientos, habilidades y técnicas cuyo dominio sólo lo proveen el talento y, a veces, la experiencia, y que va más allá de una simple maestría del oficio: hay toda una filosofía en ello, y por tanto una muy particular visión del mundo y del arte, los cuales particularizan cada texto y contribuyen, junto con la excelencia de los contenidos, a hacerlo memorable y, a veces, trascendente.

Y si posteriormente esas obras son estudiadas con detenimiento por los especialistas, su análisis aportará no sólo importantes características humanas y estéticas implícitas en cada una, sino también relevantes afinidades con la personalidad o idiosincrasia de los autores. Aunque no se trata de una labor sencilla, la determinación del estilo, una vez explicitado éste por los conocedores tras el estudio de la amalgama de aristas que puede tener el texto, es uno de los principales factores que permiten o propician  tal equiparación, siempre y cuando también se conozca lo suficiente acerca del creador, lo cual no suele ser el caso.  De ahí que muchas veces quede sin establecerse la existencia de tales afinidades.

La creación literaria será siempre una búsqueda constante de explicaciones, más que un encuentro coyuntural de respuestas. Porque al escribir no es suficiente copiar la realidad, plasmarla tal cual, con sus obviedades y sus contrasentidos. Eso tiene su mérito, por supuesto; pero sería como tomarle una simple fotografía a las cosas; y si en los hechos hay progresión y cambios, como suele haberlos en la vida, equivaldría a filmarlos. También hace falta hurgar en los resquicios, en las ranuras, en las ocasionales fisuras de la realidad, lo cual implica indagar en lo oscuro, en lo que está oculto.

Y este proceder creativo, que implica indagar y recrear interpretando, muchas veces resulta tan intenso que nos desgarra. Además, hay que hacerlo con imaginación, aplicando los recursos literarios más idóneos,  sin que se desmorone la verosimilitud, aunque en el proceso sea necesario salirse por la tangente o buscarle la quinta pata al gato. Porque suele ocurrir que para descifrar los enigmas de la vida es necesario descubrir y luego revelar en la obra creada el hecho de que en alguna parte de la realidad hay gato encerrado.

De la compleja integración de todos estos factores resulta entonces lo que llamamos estilo. Ese que, para despejar las incógnitas de la realidad plasmada en su obra, despliega todo escritor que sea un verdadero artista, casi a pesar de sí mismo. Y tal estilo, forjado por el talento y el trabajo continuo, mucho tiene que ver, por supuesto,  con la puesta en escena de sus mejores logros. Por sus frutos los conoceréis.

 

  • Enrique Jaramillo Levi – Colón, Panamá, 1944. Cuentista, poeta, ensayista, profesor universitario, promotor cultural, editor. Fundador y director de la revista  cultural “Maga” y del Diplomado en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá, en 2005 gana el Premio Nacional “Ricardo Miró” por los cuentos de En un instante y otras eternidades (2006); y en 2009 los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango, Guatemala, por los cuentos de Escrito está (2010). Libros más recientes: Sinestesia. 100 Minicuentos (Uruk Editores, San José, Costa Rica, 2016); Palabra de escritor (ensayos, Panamá, 2016). El ensayo Huellas de identidad del alma de un escritor ,  forma parte del libro de ensayos que publicará próximamente junto con Salvador Medina Barahona: “Complicidades“.