Onírica por Nicolle Alzamora Candanedo
Hay una mujer que he visto en sueños. La veo todas las noches, cerca, inalcanzable, perfectamente dibujada en las sombras de un cuarto mal iluminado. No distingo colores ni facciones exactas. Veo unos ojos que brillan con intensidad, una nariz que parece achatada y pequeña y que termina dando lugar a labios bulbosos, suaves. Veo rizos que caen hasta llegar al final de su espalda y ahí, la curva pronunciada de las nalgas. Lleva un vestido, no sé de qué color, tampoco importa; es una tela suave, vaporosa, que la
recorre y la acaricia.
Yo estoy del otro lado del cuarto, sentado en una poltrona oscura. Quiero levantarme y acercarme a ella, tocar su piel sedosa y preguntarle su nombre, su historia. Pero no puedo. Cada vez, después de contemplarla por varios minutos, me despego de la silla, doy unos cuantos pasos y, sin darme cuenta, abro una puerta a un costado y entro en la habitación contigua, llena de luz y olorosa a naranjas. La puerta se cierra y eventualmente me despierto.
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Onírica forma parte del libro de cuentos Desandanzas , obra ganadora del Premio Diplomado en Creación Literaria 2018.

Nicolle Alzamora Candanedo : Escritora panameña , abogada, ensayista y cuentista . Egresada del Diplomado en Creación Literaria 2014 de la UTP, participó en talleres de cuento avanzado con el escritor Enrique Jaramillo Levi. Ganó el Premio de Cuento Corto «Rodrigo Miró Grimaldo- 2012 «, otorgado por la Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá, con el cuento Un pueblo sin cara. Obtuvo Menciones Honorificas en el Concurso de Ensayo «Ernesto Castillo Pimentel 2015 «, organizado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Panamá con el ensayo El gran tesoro de nuestra América y en el Premio «Diplomado en Creación Literaria 2015 » de la Universidad Tecnológica de Panamá con su obra Caminando en Círculos. Su libro de cuentos Desandanzas obtuvo el Primer Premio «Diplomado en Creación Literaria 2017 «.


Amelia
apartamento después de la invasión y nunca se percató de que en el edificio vecino y en su mismo piso, exactamente frente a él, hubiera una ventana. Estaba seguro de que allí había un muro gris, alto y descascarado, con algunas grietas largas e inofensivas. Pero como Javier siempre se caracterizó por su poca memoria y sus grandes distracciones, el descubrimiento no lo sorprendió y se quedó observando al viejo encorvado que a algunos metros de distancia, permanecía inmóvil con la mirada perdida en algún punto de la calle. Detrás distinguió una pequeña sala pintada de verde claro con una poltrona gastada, una mesita con un mantel de hule y un reloj barato de pared que marcaba las seis y media.
monociclo arroja los tres bolos por encima de su cabeza y se los va pasando de una mano a otra con gran habilidad y una gran risa. Todo el día bajo el sol y la lluvia ha estado en eso recibiendo: escupitajos, insultos, robos y perversas insinuaciones y él como si nada disfrutando de la farándula cirquera.
naranjas, como el queso cheddar que le gusta a mi madre, como el color de aquella pintura de labios que atesoraba de pequeña. Pero con más brillo. Acaban de entrar; me los tragué con un vaso de agua fresca, sin hielo para no herirlos. Creo que son peces de río, de agua dulce. Por eso me van a alegrar por dentro sin morirse. Que si fueran de mar resentirían sentirse confinados y la falta de sal los podría debilitar; puñados de peces diminutos flotando sin vida en la superficie líquida de mi estómago me enfermarían de tristeza y de soledad. Los siento vivos en cambio; brincan como chispas y yo, siguiendo el impulso de sus piruetas, corro escaleras abajo, tomo mi bolso y salgo a la calle en esta mañana clara luego de meses de encierro. Llevo conmigo una botella plástica de agua pura que voy sorbiendo de a poquitos para mantenerlos a cierta profundidad.