VIDAS AJENAS

HOY LES COMPARTO UN CUENTO QUE  FORMA PARTE DE MI LIBRO  ” VIDAS AJENAS “. 

Una corta visita 

La tarde era fresca a pesar del verano y de la sequía. Bajaron del bus, caminaron con prisa hasta un portón de hierro y se detuvieron frente al letrero. Visitas. Horario de Verano de 10 am a 6 pm. Cruzaron miradas de alivio y entraron. Le dieron la vuelta al edificio atravesando el jardín. Un anciano leía el periódico sentado en un banco de piedra y otro parado junto a él, las saludó con la mano. Doblaron a la derecha por un sendero angosto en dirección a los árboles y lo encontraron, como siempre, descansando a la sombra rosada de un  enorme roble.  La mujer de más edad se adelantó, se colocó frente a él y con cariño se inclinó un poco.

—Mira qué sorpresa, viejo. Mira nomás quien está aquí conmigo. Tu nieta. Elvirita – dijo abrazando a la otra por la cintura.

— ¡Hola, abuelo! ¿Qué hay?

La más joven sonrió. La boca abierta mostrando todos los dientes y  los ojos  brillando  de alegría.  La misma sonrisa con  la que desde niña saludaba al abuelo.

—Pasteles de guayaba – la anciana levantó una  bolsa de papel, extrajo un pastelito y le dio un mordisco –. No, no son para ti. Te hacen mal y ya nos has dado bastantes  sustos.

—Déjalo, abuela. No lo molestes que está tranquilo.

Una abeja pasó zumbando atraída por el dulce. Elvira  la espantó con la mano, se descalzó,  se sentó en el césped y prendió un cigarrillo.

—Abuelo, me voy a vivir con Carlos. Rentamos una casita en El Dorado. Deja que la veas, te va a encantar.

—Niña,  que no le cuentes  eso. Tu abuelo es chapado a la antigua  y si no hay altar…En nuestra época eso de irse a vivir juntos no existía. ¡Qué va! Primero había que pedir la mano ¿Te acuerdas viejo cuando te presentaste en casa con un ramo de …

—Ssh…  –  la joven colocó  el dedo índice sobre sus   labios – No me dejas escucharlo.

La anciana molesta se alejó  y desapareció detrás de un muro de ladrillos. Regresó  unos minutos después con una botella de agua.

—Dice que Carlos es un buen hombre, que voy a ser feliz con él –dio la última pitada al cigarrillo y lo aplastó contra  el suelo.

—Bebe un poco de agua,  que hace calor aquí –la anciana extendió la botella plástica –.La falta que hace un buen aguacero.

Elvira se puso de pie y miró alrededor.

—Abuelo,  ¿y  esas flores azules? – dijo  señalando el piso a un costado y guiñando un ojo  – ¿Otra vez Doña Berta al pasar  te anda tirando flores? ¡Vaya admiradora que tienes!

—Seguramente es ella. Pero tu abuelo no le hace caso. ¿Verdad, viejo, que tú solo tienes ojos para mí?

La joven rio divertida mientras se ponía los zapatos. La anciana  se quedó un rato en silencio  antes de volver a hablar.

—Aunque… – hizo una pausa –  bastante descarado  eres. De joven corrías detrás de  cualquier cosa que tenga…. – se tocó los pechos con ambas manos. – .  A tu edad y así como estás, te debería dar vergüenza.

— ¡Ya, abuela, no lo atormentes! Déjalo en paz.

—Tú  como siempre  defendiéndolo. Eres igual a  tu madre. Oye ¿a qué hora teníamos la cita en el salón?

—A las 6 y media  – Elvira miró el reloj de  su muñeca y guardó el paquete de cigarrillos en el bolso -.  Tenemos que apurarnos.

—Viejo, pórtate bien,  que regreso pronto – la anciana con cariño  tiró un beso al aire.

Tomadas del brazo caminaron de prisa por el largo sendero, doblaron a la izquierda, le dieron la vuelta al edificio  y atravesaron el jardín en dirección a la salida. El anciano sentado en el banco de piedra seguía leyendo el periódico y,  el otro a su lado, volvió a saludarlas. Una bandada de palomas pasó volando  sobre sus cabezas y se posó en el campanario de la capilla. Atrás,  la luz naranja del atardecer de verano bañaba por completo el cementerio.

 

Vidas ajenas ( Editorial UTP, 2017 ) . Obra ganadora del Premio Diplomado en Creación Literaria 2016.  Las vidas ajenas son  las vidas de los otros. Las que no nos pertenecen. Las hay crueles, despiadadas,  injustas,  como otras llenas de magia, alegría o misterio.  Aun amándolas, deseándolas o  envidiándolas, no  podemos hacerlas nuestras ni  ser parte de ellas;  solo se nos permite contemplarlas desde afuera como testigos mudos e inútiles. Y aunque algunas  nos resulten familiares o se nos asemejen, mejores o peores no son ni serán nuestras sino siempre de otros,  y de esas vidas ajenas  tratan estos cuentos. 

 

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